Absalón consigue gente que lo sigan, algunos ingenuos sin saber realmente sus intenciones, y otros muy conscientes de la conspiración que tramaba, como uno de los consejeros de David su padre, y se autoproclama rey en la ciudad de Hebrón (donde su padre fue reconocido rey de Judá y luego de Israel). Cuando la noticia llega al rey, este se preocupa por lo que puede ocurrirle no solo a él sino a toda la ciudad, y prefiere huir antes que su pueblo sea masacrado por Absalón y su ejército, 2 Sam. 15:14. El camino de huida está marcado por el dolor, gran aflicción, e incluso la maldición de un hombre de la tribu de Benjamín que consideraba que Dios estaba en contra de David y le estaba pagando con creces por sus pecados, nos dice la escritura que: “…decía Simei, maldiciéndole: ¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón; y hete aquí sorprendido en tu maldad, porque eres hombre sanguinario” (2 Sam. 16:7). ¡Qué experiencia más dura, que difícil situación!, ¿tendrían razón los enemigos de David?, ¿estaba Dios castigando a su hijo?, ¿llegó el fin de David como rey ungido del Señor?. Veamos lo que nos dice el Salmo aprendió David y enseñó al pueblo del Señor.



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