El cuadro de endurecimiento presentando en el capítulo anterior es muy duro, al punto que quizá pudiésemos pensar que Dios había rechazado a Israel completamente. Lo cierto es que la rebeldía constante, la desobediencia de la nación como tal, la hacía acreedora del castigo divino. Dios no tenía obligación alguna para con un pueblo rebelde y contradictor. Pero como en el capítulo 9 estudiamos, la palabra de Dios no ha fallado, las promesas del Señor a su pueblo no han quedado en saco roto, el plan divino no ha sido frustrado por el pecado de una nación.
ROMANOS 11:1-5, AUN QUEDA UN REMANENTE




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