La iglesia que estaba en Roma, así como cualquier comunidad local que invoca el nombre de Cristo, que son llamados a ser de Jesucristo, necesitan por completo depender del consolador que Dios le ha dado para estar con ellos todos los días, para conformarlos a la imagen de su Salvador. Esta dependencia, como veremos en este pasaje, no consiste en meras sensaciones o percepciones que se puedan tener durante un culto público, no se trata de experiencias emotivas fruto de una canción que nos lleva a pensar en cosas sentimentales, no se trata tampoco de arrebatos o impulsos desordenados que equivocadamente algunos atribuyen a la obra del Espíritu Santo.
ROMANOS 8:5-9, SOMOS DEL ESPÍRITU DE DIOS, PARTE I




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