No basta con tener una nacionalidad ni tener un señal externa para ser salvo, para sentirse seguro del favor de Dios, es lo que acababa de enseñar el apóstol en el capítulo anterior a todo aquel que tenía una confianza vana en mero hecho de pertenecer a la nación judía o tener la señal de la circuncisión en su cuerpo físico.
Romanos 3:1-4, Privilegios del Pacto, parte I.



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