Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios mismo que vino a salvar a los suyos, que vino a mostrar al hombre su pecado y rebelión contra Dios, y cuál es la única esperanza a su desesperada y miserable condición, tal como nos ha relatado el evangelista Marcos en los capítulos precedentes, y como estudiamos en especial el capítulo anterior. Pero siendo Dios mismo, siendo la fuente de inmutable, infinita, eterna de toda sabiduría, se humilló a habitar entre los hombres para salvar a los hombres, y testificar de la maldad de los hombres que no le reconocen como Dios, Señor y Salvador. Hemos visto que Cristo responde a la fe sencilla que confía en él como su única esperanza y afirma al creyente en esa fe, pero también vemos que deja en la dureza de su corazón al impenitente pecador que ante la evidencia de la gracia de Dios en Cristo se niega a reconocer que necesita al Salvador.
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