Cuando vimos el salmo segundo, meditamos en el reinado del mesías, de cuyo bienestar dependía el bienestar del pueblo de Dios. Un reinado que a pesar de la oposición de los impíos no podía ser conmovido, porque Dios era quien reinaba en realidad por medio de su Mesías, aquel que traía bendición a su pueblo, llevándolos a la dicha de confiar en el Dios del pacto.
SALMO 40, UN GRAN TESTIMONIO




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