Finalizando la semana pasada, escuchamos con gran publicidad, favorable y desfavorable, el anuncio del acuerdo entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, acerca del cese al fuego bilateral y zonas de ubicación temporal de los guerrilleros para su incorporación a la vida civil. Muchos hablan con gran ilusión del fin de la guerra y el inicio de la construcción de la paz en nuestro país, y según ellos se avecinan tiempos de gran prosperidad; otros ven más bien una negociación en la que el país se ha rendido a las pretensiones del grupo armado ilegal, y que costará mucho al país el proceso de postconflicto. Lo cierto es que como creyentes debemos orar por nuestro país en esta situación, pues la verdadera paz no la puede acordar hombre alguno, está bien procurar la reconciliación y el bienestar de toda la nación, pero la impiedad es la constante de nuestra nación desde hace mucho tiempo, y son precisamente nuestros gobernantes que por un lado hablan de paz, los mismos que de otro lado atacan la familia, promueven leyes en contra de la familia, a favor del aborto, y a favor del consumo de drogas ilícitas, y con proyectos de este tipo desfalcan las finanzas de la nación. La Biblia dice “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” Is. 57:21. La paz que necesita nuestra nación, y que necesitamos tú y yo, solo se encuentra en Jesús, y por eso a la luz de este pasaje, debemos atender el llamado que nos dice: ¡Corre a Jesús!.
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